Investigación

El auge de los materiales vivos y la arquitectura silenciosa de los hongos

La arquitectura siempre ha sido una negociación con la decadencia. El hormigón se agrieta, el acero se corroe, la madera se deforma y se seca. Cada edificio comienza a envejecer en el momento en que nace, y existe una vasta industria global simplemente para ralentizar lo inevitable. Pero en laboratorios de investigación dispersos por Europa y Estados Unidos, está tomando forma una visión muy diferente de la arquitectura, no una que resista a la naturaleza, sino una que crezca a partir de ella. En esta visión, los edificios no son estructuras inertes. Están vivos.

La idea suena a ciencia ficción: paredes que se curan a sí mismas, aislamiento que crece a partir de residuos agrícolas, bloques de construcción que absorben silenciosamente carbono mientras permanecen al sol. Pero esta es la frontera que los científicos están explorando ahora a través del micelio, la red ramificada y subterránea de vida fúngica que subyace a los bosques y el suelo. Pasado por alto durante mucho tiempo fuera de la ecología, el micelio ha emergido como un protagonista improbable en el futuro de la construcción sostenible.

En el centro de este movimiento se encuentra el proyecto Fungateria, financiado por la UE, una iniciativa que combina biología, ingeniería y arquitectura. El proyecto explora cómo los materiales vivos diseñados, formados mediante la combinación de micelios fúngicos con bacterias, pueden transformar la manera en que las estructuras se construyen, mantienen e incluso conceptualizan. En la construcción tradicional, la durabilidad se logra mediante la resistencia. Los investigadores de Fungateria imaginan lo contrario: resiliencia mediante regeneración.

En su visión, una grieta no es un problema que deba repararse, sino un estímulo que desencadena el crecimiento micelial, cerrando la fisura como una herida que sana. La humedad no es una amenaza, sino una señal que provoca un cambio en la densidad o composición. El material respira, cambia y responde, codificado por la biología en lugar de por máquinas.

El proceso comienza con residuos agrícolas, paja, tallos de maíz o serrín, mezclados con esporas fúngicas. A medida que el micelio crece, une las partículas en un compuesto ligero similar a la espuma. Cuando se seca, se vuelve rígido y sorprendentemente resistente. Ajustando la temperatura, la humedad o el flujo de nutrientes, los investigadores pueden inducir al material a adoptar diferentes formas: láminas flexibles, bloques escultóricos, aislamiento denso. Los residuos que antes se pudrían en los campos se convierten en el esqueleto de una estructura futura.

Pero el micelio por sí solo no era suficiente. Para crear un material que pudiera realmente curarse, los científicos recurrieron a las bacterias, específicamente Sporosarcina pasteurii, conocida por su capacidad de producir carbonato de calcio, el mineral que confiere a la piedra caliza y al coral su resistencia. En un estudio de 2025 publicado en Cell Reports Physical Science, los investigadores cultivaron el hongo Neurospora crassa junto con las bacterias, formando lo que denominaron un material de construcción vivo. Las bacterias mineralizaron el andamio fúngico, reforzándolo desde dentro. Notablemente, permanecieron vivas durante al menos un mes después de que se formara el material, lo que sugiere la posibilidad de reparación y adaptación continuas.

Esta interacción entre hongo y bacteria, dos reinos de la vida colaborando para formar un edificio, desafía la premisa básica de la construcción. En lugar de mezclar ingredientes inertes, los científicos están diseñando ecosistemas. Están coreografiando el crecimiento, orquestando reacciones químicas e incorporando inteligencia en materia que tradicionalmente no la tiene.

Estas ideas ya han surgido en prototipos a escala real. Uno de los más visibles es la Torre Hy-Fi, una instalación temporal en Nueva York hecha de ladrillos de micelio. Las paredes cálidas y orgánicas de la torre contrastaban marcadamente con el horizonte de vidrio y acero que la rodeaba, ofreciendo un vistazo de cómo podría ser la arquitectura si adoptara materiales biológicos en lugar de industriales. La estructura no pretendía ser permanente; su belleza residía en el hecho de que, a diferencia del hormigón, podía regresar inofensivamente a la tierra.

Sin embargo, los compuestos de micelio enfrentan limitaciones reales. Su resistencia estructural sigue siendo modesta en comparación con el hormigón o el acero. Destacan en aislamiento, acústica y aplicaciones ligeras, pero aún no pueden soportar las cargas exigidas por edificios de varios pisos. La humedad, una condición que favorece el crecimiento fúngico, debe controlarse cuidadosamente para evitar expansión o deterioro no deseados. Y los códigos de construcción, fundamentados en siglos de materiales minerales, no tienen disposiciones para paredes vivas o paneles autorreparables.

A pesar de esto, el argumento medioambiental es convincente. El hormigón por sí solo representa aproximadamente el 8 % de las emisiones globales de carbono. Cada año, se extraen miles de millones de toneladas de arena y piedra caliza para alimentar el apetito de la construcción. Los materiales basados en micelio, por el contrario, secuestran carbono, se alimentan de residuos y requieren energía mínima para producirse. Reflejan ciclos naturales en lugar de interrumpirlos.

El concepto de «arquitectura viva» también conecta con un cambio cultural más profundo. A medida que el cambio climático se acelera, la idea de dominar la naturaleza parece cada vez más insostenible. Arquitectos y científicos están explorando modelos inspirados en ecosistemas, preguntándose qué significa construir estructuras que participen en su entorno en lugar de resistirlo. El micelio, con su instinto de crecimiento y reparación, ofrece una respuesta.

Hay algo silenciosamente radical en imaginar un edificio como un compañero en lugar de una posesión. Algo poético en la idea de paredes que llevan la memoria de los bosques, o aislamiento hecho de los restos de la cosecha del año pasado. Algo humilde en dejar que la vida misma haga el trabajo de construcción.

Aun así, persisten las preguntas. ¿Cuánto tiempo pueden perdurar estos materiales? ¿Pueden escalarse económicamente? ¿Se sentirán cómodas las personas viviendo dentro de paredes que una vez se expandieron y respiraron? La transición del laboratorio al paisaje urbano requiere no solo avances científicos, sino aceptación cultural.

Sin embargo, el impulso es innegable. Las universidades están estableciendo laboratorios de diseño basados en micelio. Las startups están creando muebles, embalajes y textiles a partir de compuestos fúngicos. Los arquitectos están esbozando planos que tratan la biología como medio y colaborador. Y cada nuevo experimento, cada grieta que se cierra, cada bloque que se fortalece a medida que crece, acerca el campo a un nuevo paradigma arquitectónico.

La posibilidad más intrigante no radica en reemplazar el hormigón por completo, sino en expandir el lenguaje de lo que los edificios pueden ser. Puede haber espacios donde los materiales vivos, con su inteligencia suave, creen respuestas ambientales que ningún sistema mecánico podría replicar. En una era que exige resiliencia, adaptabilidad y sostenibilidad, el micelio puede ofrecer más que novedad. Puede ofrecer un modelo de coexistencia.

El auge de los materiales vivos no es un rechazo del pasado de la arquitectura, sino una extensión de su futuro, un reconocimiento de que las fronteras entre el entorno construido y el mundo natural son más delgadas de lo que se creía. Y en la ramificación silenciosa de los filamentos fúngicos, el futuro de la construcción puede estar ya echando raíces.

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